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Hoy se derramaron mil lágrimas de cristal granado, las que chocaron contra los muros de tu inesperado giro. Me enfundo las vestiduras de la angustia más amarga, me sumerjo en el líquido espeso de la tristeza negra y entierro mi alma bajo montañas de silencio y soledad. Estoy vacío, húerfano, perdido como un suspiro arrastrado por una tormenta de corrientes frías. Mi piel se tiñe de un color blanquecino, se me cierran los ojos con la luz del alba y en mi boca se alojan dos caninos afilados y una sed de volverte a tener que ahora no puedo apagar.
Quiero adentrarme en las selvas de los sentimientos de corazones ajenos, quiero escuchar al silencio presentándome canciones que cuenten historias tan melancólicas como lejanas, tan dolorosas como dulces a la vez, quiero perder la noción del tiempo, no cerrar los ojos aunque la oscuridad me invite a tomarme una taza de sueños, porque en realidad esa taza tan solo contiene destripadores punzones en forma de pesadillas. Baila con tristeza la bandera de mi lamento en lo alto del monte de mis pensamientos, deja que el viento de los buenos momentos que pasé contigo la acaricie, que le regale un poco del polen de la flor de la roja esperanza, rosas espinadas que el tiempo algún dia cortará. Me desplumaron las alas que me regalaste para volar contigo y ahora estoy perdido por los suelos de la soledad. Espero que algún dia me crezcan y te acuerdes de la primera vez que subimos juntos al cielo.
Al final se rompió esa llave de cristal que abría la única puerta de la esperanza que quedaba en pie después de una violenta tormenta de soledad que arrancó de cuajo todos los árboles de la ilusión que habían plantados en la tierra de mis sueños. Se secaron los ríos de felicidad que remojaban las curvas de tu cuerpo, se alejaron de mi los calurosos vientos de la pasión nocturna entre sábanas enredadas, se desvanecieron mil y una palabras de amor como un fantasma que no aguantaba su propio peso. Se alzó la niebla en las blancas playas de la alegría y ya no veo sol en mis días, no se cuela ni una lágrima de luz en el cuarto oscuro de mis noches sin ti. Tan solo me queda el consuelo de saber que aún existes y de que algun dia encuentres la felicidad que me envío el destino de forma fugaz, pero que para tí sea para siempre.
No hagas caso a mis palabras sin fortuna, no dejes que me aten esas cadenas condenadas de sílabas errantes, no escuches sus estridentes martillazos y déjate llevar sobre el balanceante susurro del mar de mis sentimientos, de esos dulces momentos que nadie más podrá alcanzar jamás. No te olvides de las nubes de mis caricias sobre tu alma cuando era una maraña de espinos afilados por la dureza del destino, no te olvides del instinto que sonrió en ti cuando me descubriste, no ahogues con viejos trapos el sueño que por un momento se cumplió. Dáme la oportunidad que nadie me dió, déjame hacerte feliz aunque tenga que esperar para hacerlo.
Se deslizó un pétalo de flor canela por mi piel cuando me acariciaste por primera vez, bajaron por un tobogán de locura una manada de sensaciones tan intensas como ése rojo que te robo cada vez que te doy un beso. Se me atragantan las palabras cuando te tengo delante, me traiciona la emoción de haber descubierto la princesa del castillo de mis sueños, de ver al fin que la ilusión tiene recompensa, que la esperanza valió la pena cuando te tengo, aunque tan solo sea en mis recuerdos, en mis evanescentes pensamientos. Te noto a cada segundo en mis labios, en mis dedos, en mi pecho latiendo a la par dos corazones juntos que nadie ni nada podrá jamás separar. Emergo de las profundidades de la noche, entre espesos ramajes de sueños sin luz. Mis ojos añoran encontrarte pegada a mi, entre mis sábanas, con tu piel desnuda vestida tan solo con mis abrazos. Echo de menos cada detalle que hizo de estar contigo lo más bonito de mi pequeño mundo. Tu sonrisa pícara de princesa rescatada, el aroma sedoso de las curvas de tu cuerpo, todas las sensaciones que encontraba cuando me sumergía en la miel de tu mirada; alegría, tristeza, sufrimiento engullido en cucharadas del pasado, pasión desbocada sin montura y un amor tan incandescente que se fundía entre nuestros cuerpos. La distancia en mi no hace el olvido, ni el silencio entristecido, obligado contra mi voluntad, más aún cuando eres un recuerdo vivo, que no para de moverse en mi mente abandonada. Estás atada al muelle de mis pensamientos, y con cada oleada del tiempo, con cada minuto, con cada segundo, veo como te balanceas entre las olas de mis deseos, del deseo eterno de volver contigo, de reencontrarnos en las playas de la esperanza y dárnos una oportunidad.
Cambié sombría soledad por tu compañía, y el mar de tormentos de mis dudas se evaporó con tus besos. Descubrí mi trébol de cuatro hojas a mis pies, la fortuna de tenerte envuelta en papel de dulces sentimientos. Como una caja roja, íbamos comiéndonos las perlas del chocolate de la pasión, poco a poco, deshaciéndose en nuestro interior. Ya no me quedan mundos por descubrir, porque contigo descubrí el paraíso de un amor tan intenso como todos esos besos que nos dimos.
Nos cruzamos en las calles de la locura, caminando con pies de plumas de blanca esperanza. Se nos escapó una sonrisa al tiempo que una mirada furtiva delató el retumbar de nuestros pechos al pasar. Tu tenías ganas de volar lejos de la vieja ciudad del pasado y yo quería enseñarte nuevos paisajes, ríos verdes abrazando un pueblo de serena alegría. Te arrastré con las riendas de mis palabras de azúcar y tu me diste a cambio todo lo que había llegado a soñar. Fuimos almas de aura càlida durante toda una estación, metidas en cuerpos que se nos quedaban pequeños con todo lo que nos crecía dentro cuando estábamos juntos. Y una noche mientras dormías, até mi alma a la tuya con un nudo de eternidad, y por mucho que te alejes de mi, por mucho que el olvido se obstine en borrarme del cuaderno de tus recuerdos, siempre estaré atado a ti, con el nudo que Cupido me enseñó a hacer una vez.
Mis dedos aún se enredan entre tu pelo en esos sueños que empapan mi almohada del sudor del placer, tu cuerpo es la silueta del deseo, tus ojos la chispa que encienden el fuego que me arde dentro cada vez que te veo. Soy un barquito de papel en el mar de tus sentimientos, confiando que no me quieras hundir, intento llegar hasta las playas donde tu y yo podamos vivir como náufragos de un mundo que nos dió la espalda. Déjame enseñarte como llora la noche sin ti, como brilla la luna al rozar con tus recuerdos. Déjame mostrarte las escaleras para subir a un planeta en que no hay gravedad que nos haga estar pegados al suelo, ni tormentas ni mareas que puedan separarnos. Desnúdate conmigo y bañemonos en la playa de los sueños perdidos, no dudes ni un paso en el corto camino que la vida nos ha ofrecido.
Mudando la piel como serpiente sin veneno, ando rodeado de verde esperanza, hierba mágica que envuelvo en papel de regalo para fumármelo, sueños esfumados en el humo de mis caladas. Trato de cazar las nubes blancas que escapan de mi aliento, pero ya estan demasiado cerca de las estrellas, me mantengo bajo tierra, sepultado en la búsqueda del tesoro de mis sueños, de ese cofre de piratas del cual no existe ningún mapa. Seguiré luchando contra las olas, contra las tormentas de arena que se pega a los ojos, contra los días de lluvia que embarran el jardín de mi esperanza. Tengo la mirada fija en la luna y no la puedo bajar, con la cabeza bien alta algun día encontraré la mejor forma de volar, aunque sea sin alas.
Princesa indultada de pecados, no hay palabras espinosas que salgan de tus labios que puedan dañarme cuando me escudo tras la armadura de lo que siento por ti. No necesitas que te perdone para estar en paz contigo misma, siempre habrá perdón para los errores de un ángel caído, siempre podrás volverte a caer mientras después te vuelvas a levantar. La tentación ya no me domina, hice un paso atrás enfrente del precipicio de la ceguera total que me provoca la luz de tus ojos, tengo la piel del alma magullada y mientras la escondo entre vendas de distancia y silencio dejo escapar susurros en ninfas enfrascados, música para sordos que nadie escuchará.
 Me metí en el lago de los cisnes con el uniforme negro del patito feo. Me caí en un agujero que había en el suelo de mis sueños y el país de las dichosas maravillas se pegó a mis pies vestidos en rojos zapatos de pasión reluciente. Bajando la calle de las lenguas de trapo, me tropiezo con todos los baches, se derrite el hielo de mi mirada en frías lágrimas cuando miro hacia atrás, hacia el horizonte de una ciudad devastada en batallas de soledad, me quito la camisa manchada de tristeza, me pinto una sonrisa con los colores de los dulces recuerdos, me como las lentejas de mi angustia y de postre macedonia de todos los lamentos y remordimientos cortaditos a trocitos bien pequeños. Me lío con la brocha, sobre los vacíos silencios dibujo todos esos buenos momentos que me regalaste, obras de arte que siempre estarán colgados en la pared de mis recuerdos, y me lanzo a la calle, un paso tras otro, siempre hacia adelante.
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